El pozo Malêstar

Índice

1. Primera sesión: Es sólo una cripta

1.1. Una taberna y tres primos

Aquel día parecía que no iba a acabar, el frío del norte parecía quebrar los huesos, aunque eso no evitaba que tanto la semielfa, Kirill1, como el kóbold, K'zak2, intentaran mostrarse como que disfrutaran de aquel temporal de mediodía. Abrían los brazos como los dragones blancos de los que decían descender y se pavoneaban como actores noveles. Aunque en este caso su único público fuera Jeon3, que estaba más preocupado de no quebrarse su cuerpo de plástico. Pero aquel martirio pronto terminaría, pues ya habían llegado a la entrada del pueblo que buscaban.

—No estaría mal entrar en una taberna para ver si nos pueden dar un trabajo —exclamó K'zak—, no es que tenga ganas de abandonar este temporal, pero habrá tajo que hacer.

—La verdad es que me encantaría seguir en la calle —siguió Kirill subiéndose la bufanda—, pero el enano tiene razón.

—¿Volvemos a hacer el master of puppets? —respondió Jeon ajustándose el traje.

A continuación se puso rígido. K'zak se lo echó al hombro y se dirigió al edificio de madera en el que ponía «Taberna». Al abrir la puerta un señor con un trapo en el hombro se sorprendió por la llegada de aquel peculiar grupo, se dirigió a ellos.

—Bienvenidos, ¿qué es lo que desean los señores? —dijo con las manos temblorosas.

Hubo un corto silencio.

—¿Qué precios tenéis y que trabajos hay? —preguntó K'zak.

El señor se echó a un lado para que el grupo avanzara.

—Nuestros niños han desaparecido, —dijo el tabernero guiándolos con la mano— sabemos que están en la cripta, como les veo con buenas intenciones, la comida es gratis y…

—¡Un cordero! —gritó el kóbold como un resorte—, en ese caso traiga un cordero.

—Les traeré un estofado riquísimo —respondió ignorando las palabras de K'zak—. Por favor, hablen con el Extranjero para que les dé unas indicaciones —dijo señalando al rincón más oscuro de la taberna.

En esa esquina poco sospechosa se encontraba el hombre encapuchado menos sospechoso del mundo. K'zak se dirigió a él, mientras el tabernero ya estaba llevando un puchero de un guiso bien caliente a la mesa.

—Nos han dicho que nos darías tajo —escupió el alquimista escamoso.

—Uhm… —dudó el encapuchado acomodándose en el asiento—. Sí… los niños… yo quería que… ¿fuerais? ¡Sí! A la cripta porque… ne-necesito un… ¿cómo es esto? un cuenco con… ¿un palo? — dijo el Extranjero haciendo un esfuerzo inmenso para que sus palabras tuvieran el mayor sentido.

—¿Una copa? —preguntó Kirill marcadamente impaciente.

—¡Eso! —afirmó con liberación—. Una copa… os da-daré una recompensa… ¿30 monedas? Os daré ahora 10… y… eh… el resto cuando terminéis —No paraba ni un momento de moverse, parecía no encontrar una postura cómoda.

—No se diga más —cortó el kóbold cogiendo la bolsa que estaba sacando el para nada sospechoso hombre—, si quiere podemos hacerlo gratis si se atreve con una pequeña apuesta —ofreció el alquimista ladinamente.

—No. No tengo mucho dinero —respondió sin ningún interés.

—No sé si fiarme de una persona que no es capaz de divertirse —recriminó el «hijo del dragón»—. ¡Venga!, si ni si quiera sabe como es el juego.

—De verdad, no tengo más dinero —rechazó el hombre—, prueben con otros.

Mientras la breve charla transcurrió la comida que les sirvió empezaba a enfriarse. El kóbold ignoró el almuerzo y probó a realizar la misma jugada con unos borrachos que parecieron mirarle.

—Me apuesto una moneda de oro a que al tirar la muñeca esta cae haciendo el pino —desafió K'zak, Jeon miró de reojo al lagarto, si hubiera podido sudar a K'zak se le habrían empapado las zarpas—. Digo… si soy capaz que caiga de pie.

Los dos villanos se miraron.

—¿No tenéis qué rescatar a unos niños? —recriminó uno de los borrachos justo antes de llevarse la bebida a los labios y sorber con descaro.

No había mucho más que hacer en la taberna a parte de tomarse aquel guiso, cuando lo terminaron de engullir salieron de la taberna en dirección a su tenebroso objetivo.

1.2. El camino

—Como te iba diciendo —añadió el minúsculo bardo—, los idols son los dioses del futuro, de los normales ya no quedan, nos abandonaron o se suicidaron.

—Creo que has dicho mal la palabra «ídolo» —corrigió el alquimista —, no se dice con «a» inicial y se le añade una «o» al final.

—No —dijo seriamente—, no es lo mismo un idol es… Bueno, es algo más, yo por ejemplo soy una réplica de uno que era un holograma corporativo del cantante artificial definitivo. —continuó Jeon mientas se sacudía su pelo sintético.

—¿«Hologramo»? —preguntó la semielfa.

—Sí —afirmó el viajero temporal—, como una ilusión, pero hecho con ciencia, es más barato que crear un idol con ingeniería genética y además no se descompone a los dos años.

—El futuro es muy extraño —respondió la hechicera—, no sé si quiero que llegue.

—Yo tampoco —asintió la figura de acción.

En ese momento un bramido salió de la maleza helada, una lanza sujetada por un kóbold verde apuntaba a los aventureros, antes de que pudieran reaccionar aparecieron dos lanzas más con sendos guerreros kóbold.

—¿Son amigos tuyos? —preguntó Jeon mirando a K'zak.

—¿Cómo voy a tener que ver con a esas lagartijas? —dijo ofendido el alquimista— no tienen ni una escama de honorabilidad dragontina como yo.

Los kóbolds se abalanzaron contra el grupo. Una pedrada y un rayo de hielo despacharon a dos de los asaltantes, el último miro desafiante a Jeon que respondió sujetándose la espada contra el cinto. El lagarto corrió contra el bardo que reaccionó apuntando con su afilado brazo. Un chorro de sangre hizo que la cabeza del inexperto lancero saliera volando, Jeon agitó telequinéticamente la espada firmando la nieve con la sangre de su víctima.

Uno de los kóbolds sonrió y murió.

1.3. La cripta

—Jeon, si te echase al fuego ¿te quemarías? —preguntó K'zak rompiendo el silencio.

—Pues… Me quemo, soy de plástico, por lo que soy inflamable, se puede decir que el fuego y yo somos dangerous lovers —respondió Jeon haciendo un corazón con las yemas de los dedos corazón e índice.

—¿«Plastiqué»? —interrumpió Kirill.

—Esto… ciencia, digo alquimia —corrigió la figura cronoviajera—. Sí estoy hecho de alquimia, por eso no es bueno que me acerquéis al fuego. Ni al fuego, ni a Gum —dijo señalando al limo blanco que se apoyaba en la espalda de K'zak.

—No sé que te pasa con Gum, es muy cariñoso. Hasta te protegió en el viaje en el tiempo, por eso estabas cubierto de él cuando llegaste a nuestro mundo —respondió el kóbold blanco mientras acariciaba al burbujeante limo.

—Por favor —suplicó el /idol/—, no lo toques más, ¿tú sabes de cuántas personas ha salido eso? —dijo el minúsculo constructo con un escalofrío.

—¡Ahí está la entrada! —exclamó Kirill—, entramos damos unos mamporros y salimos, como mucho tardaremos una hora.

Al final del camino nevado el suelo se abría para dar lugar a unas escaleras negras en las que la nieve no osaba cuajar. El grupo descendió por las escaleras llenas de arañas y otros insectos, K'zak los cogía, o bien para comérselos o bien para meterlos en su zurrón. Kirill lo miraba rezando para que las pociones que le suministraba no tuvieran entre sus ingredientes esos arácnidos peludos, K'zak le devolvió la mirada con una pata peluda saliéndole de la boca.

Al final de la escalera había una puerta metálica, el kóbold fisgoneó sin tocarla para ver si había un mecanismo oculto, pero no vio nada, finalmente apoyó el oído en la puerta y estas comenzaron a correrse hacia los lados. Todo el grupo dio un brinco al unísono y desenfundaron las armas. Las escaleras empezaron a ascender, parecía que les estaban encerrando en la cripta.

La sala que se veía era un pasillo largo de piedra con tres carriles metálicos y un gran portón metálico al fondo, a los lados había dos humanoides babeantes y llenos de pústulas. Se relamieron en nada más ver a sus potenciales presas. Cada uno estaba al lado de una palanca lisa que salía de la pared. K'zak dio un paso para meterse en la sala y las baldosas cedieron, su expresión chulesca cambió a la de una cría que acaba de salir del cascarón, soltó su daga e intentó agarrase, pero se le resbalaron los dedos y cayó encima de unas lanzas de madera, una le atravesó el costado y el kóbold gimió de dolor.

Jeon rápidamente cantó un estribillo cuyas notas hicieron que K'zak volviera a abrir, encantó la daga desatendida del alquimista y la proyectó contra una criatura haciéndole un corte del que salió una burbujeante sangre verde, Kirill saltó el pozo y lanzo un rayo de hielo a una de las criaturas que se aproximaban corriendo a cuatro patas. Sus movimientos eran rápidos y esquivó el helado conjuro. Unos postes de madera surgieron del comienzo de los carriles metálicos y desplegaron unas hojas afiladas que empezaron a girar y a moverse velozmente por los carriles. K'zak se incorporó, escaló por el pozo y con una honda intentó lanzarle un guijarro a una de las ansiosas criaturas.

Falló y la aberración rió.

La semielfa grito de nuevo el mismo conjuro que logró impactar en la pierna de la criatura, aulló de dolor y se abalanzó contra su atacante, la hechicera desplegó un escudo que resistió los golpes. Jeon continuó su canto, creó un sonido tan alegre que hizo que los corazones de sus compañeros se llenaran de confianza, avanzó por la sala y se situó en el recorrido de los postes rotatorios, debido a su altura éstos no le alcanzaban. El otro ser corrió hacia el constructo y he intentó asestar dos garrazos sin ningún éxito, tras eso los postes le sorprendieron y laceraron su piel, haciendo que su sangre corrosiva salpicara todo a su alrededor, con excepción del precioso bardo, que parecía demasiado bello como para que algo así le manchara. Mientras Gum se aproximó a una de las palancas.

Llovieron golpes, gritos y garrazos hasta que Jeon recibió un mordisco que le hizo caer con un grito que asombrosamente rimaba con su canción que estaba cantando. K'zak ante la circunstancia ordenó a Gum que volviera mientras él usaba la honda para vengarse de su compañero, la piedra impactó en su cráneo y acompañado de un golpe de un poste la criatura salió despedida contra la pared. Kirill aulló y desplegó sus garras para lacerar la carne de su enemigo, el cual regaba con su corrosiva sangre la piel de la semielfa. Finalmente Gum cogió una poción y se la suministró al cantante mientras las cuchillas pasaban por encima de sus cabezas, justo en ese momento la aberración humanoide saltó sobre un costado de Kirill, le mordió la cadera, apretó y le arrancó un trozo de carne, gritó con la boca llena de sangre mientras la hechicera se desplomaba en el suelo. Finalmente, una piedra voló hacia la cabeza del del último corrosivo ser y K'zak gritó de alegría. Rápidamente Jeon asistió a su compañera inconsciente y ésta despertó.

—¡Hostia puta! —exclamaron los tres.

—Ha estado cerca —dijo la hechicera.

—¡Hay que encontrar una salida! —gritó el kóbold para que se le escuchara por encima del estruendo de las trampas—, la escalera ha subido del todo, quizás accionando las palancas se abra la puerta o paren las cuchillas. —K'zak cogió la daga.

El bardo y el limo fueron cada uno a una palanca, las movieron a destiempo y no pasó nada.

—¡Probad a la vez! —recomendó el alquimista.

Cuando la mano de mago del idol y Gum accionaron las palancas los suelos bajo las palancas se abrieron a unos pozos llenos de pinchos. El cantante dio un brinco hacia atrás y el limo pudo agarrarse al suelo con sus seudópodos. Mientras el portón del otro extremo retraía sus hojas mostrando un pequeño habitáculo con otro portón en su interior y en la pared de la entrada aparecían dos huecos que revelaban a dos esqueletos con arcos.

—¡Qué los que fueron tus aliados te den el descanso eterno! —gritó Kirill, mientras infundía no-vida al cadáver de uno de las recientes víctimas.

El ser se alzó con una pose todavía más agarrotada que en vida y se lanzó contra el esqueleto astillando por completo los huesos del arquero. K'zak respondió lanzando un guijarro que dio al esqueleto, Jeon encantó la daga de K'zak de nuevo y destrozó al infeliz huesudo.

—Vale, ahora con calma, que esto parece estar diseñado por un maníaco —gritó el constructo—. Lo primero, es parar esas cuchillas —continuó.

Kirill empezó a disparar rayos contra los postes en movimiento en seguida, pero se dio cuenta que se tendría que tirar un buen rato para derribar uno.

—Parecen muy resistentes —dijo algo molesta—, mejor probamos otra cosa.

Jeon sugirió encantar una cuerda para atar dos postes, pero a K'zak se le ocurrió meter una cuerda deshilachada por el carril para atorar el mecanismo, hicieron caso al kóbold para ahorrar energías. El poste se detuvo tras emitir un desagradable sonido. Gum cogió un hueso de un esqueleto y se dirigió al portón golpeando el suelo en busca de trampas. Cómo no podía ser de otra forma se encontró con un foso con lanzas justo delante del portón. K'zak investigó el interior de la sala que no parecía contener nada.

—A mi esto me parece un ascensor —dijo el idol.

—¿Qué es eso? —preguntó el alquimista— ¿Algo que asciende? ¿No puede descender?

—Entonces se llamaría descensor —remarcó la hechicera.

—También puede descender, es como un armario en el que te metes y subes. —respondió con un suspiro Jeon.

—No tiene sentido, de todas formas prefiero las escaleras, agobian menos que un ataúd mecánico —afirmó K'zak.

—También se inventarán las escaleras mecánicas —señalo el bardo.

—¿¡Cómo qué escaleras mecánicas!? —gritó airado el kóbold—. Si la escalera es un objeto inmóvil por definición, ¿te proyectan hacia el techo? Ahora me dirás que también existen las rampas mecánicas.

—A ver —aclaró el ser mecánico—, son peldaños conectados que suben lentamente. Y sí, también existe su versión en rampa, principalmente están para que la gente camine menos, aunque por otra parte no sé si es bueno —musitó Jeon.

—La verdad, es que suena bien, «Escaleras mecánicas», a mi me gusta como nombre —dijo Kirill.

—Entremos en el «descensor» —continuó mientras se metían todos en el claustrofóbico cuarto.

1.4. Escaleras mecánicas 9

Uno de los portones de la sala se cerraba mientras que el otro se abría dando lugar a una sala blanca iluminada por una luz blanca que salía por unos huecos de las paredes metálicas. El suelo estaba cubierto por una especie de paños verdes bastante mugrientos, el aire olía a un químico un poco amargo, como una destilería, pero sin gracia. K'zak ordenó a Gum que comprobase el suelo y los huecos de las paredes. Justo cuando el limo se estaba subiendo para ver que había en el hueco de la pared, una voz rasgada interrumpió la tensión.

—¿Hola?, no me ataquéis, no soy enemigo —dijo la voz.

— ¡Quieto ahí! —ordenó K'zak— ¿Quién eres y por qué nos tendríamos que fiar de ti? Ya nos hemos encontrado con suficientes trampas y enemigos y no queremos más líos. —K'zak susurró un conjuro de detectar magia.

—No te molestes, no vas a notar nada —advirtió el hombre—. Me llaman El viejo, no soy de aquí, pero puedo ayudaros, ¿me dejáis salir? —preguntó el señor.

—Vale, pero despacio —aclaró el kóbold levemente molesto.

—¿Por dónde habéis llegado? —preguntó el Viejo mientras salía por la esquina.

El Viejo era un cuarentón con ropa ajada, estaba tan sucio como el suelo y olía igual, se podía decir que era parte de aquella mazmorra.

—Entramos por una escalera que se cerró cuando nos atacaron unos humanoides rabiosos —respondió Kirill.

—¿Vinisteis desde el pueblo? —dijo el señor.

—Sí —afirmó Jeon—, nos dijeron que había niños perdidos y que teníamos que recuperar un cáliz, ¿tú cómo llegaste aquí?

—Ah… —reflejó aliviado el Viejo— El Extranjero suele decir un objeto distinto cada vez. Yo llegué por error a Malêstar4, también vine por la escalera, pero no debía estar aquí, bueno, nadie debería estar aquí. Por cierto, ¿tenéis comida de verdad? —preguntó con impaciencia.

—¿Cómo qué comida de verdad? —preguntó sorprendido Jeon—. Yo tengo aquí unas raciones para dos semanas, pero ¿a qué te refieres con «de verdad»? —insistió Jeon.

—¿Podrías darme un poco? Es que… bueno, la comida aquí es… ya lo veréis. —aclaró el Viejo mientras ponía la mano esperando que cayera un manjar en ellas.

Jeon depositó un trozo de queso en ellas y el extraño hombre cerró la mano rápidamente para llevarse con ansia el preciado tesoro a la boca, justo antes de morderlo negó con la cabeza.

—No, no, ahora no, mejor lo uso más tarde —musitó como si tuviera una discusión —. Muchas gracias por esto, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo —dijo con los ojos húmedos.

—Yo creo que venderé mis raciones, seguro que aquí tenéis cosas más útiles —asintió el kóbold.

—No, aquí no hay dinero, es mejor que las consumas tú, vas a echarlas de menos antes de que te des cuenta —respondió El Viejo echando la vista al queso.

—Pero, ¿cuánto tiempo llevas aquí? parecías muy ansioso con el queso —preguntó el alquimista.

—Eh… Pues exactamente no sé, es difícil saber cuanto tiempo ha pasado, ¿tres años? —afirmó el viejo sin mucha seguridad, parecía estar en otra parte observando su botín lácteo.

—¡¿Tres años?! Pero, ¿se puede salir de aquí? —preguntó alarmada Kirill.

—Bueno… nadie ha salido. ¡Acompañadme a la sala de magia!, tendréis que conocer el lugar, con suerte estaréis un tiempo por aquí. —respondió el Viejo mientras un aerosol amargo salía pulverizado por el techo. El señor cubrió la preciada cuña ocultándola en un bolsillo.

—Vale —respondió K'zak mientras el grupo seguía al viejo—. ¿Por qué el suelo está cubierto de estos trapos.

—Así está menos frió el suelo —dijo el hombre.

Las pulverizaciones continuaban a intervalos regulares, las microgotas se evaporaban rápidamente cuando se posaban en la piel causando un pequeño escalofrío, el olor químico persistía y secaba levemente las mucosas, Kirill se subió un poco la bufanda. Según avanzaban por el pasillo un ritmo percutido se iba haciendo más intenso, con cada golpe un sintagma se emitía como un parto.

—¡Muero! ¡Renazco! ¡Y vuelvo a morir! —repetía una y otra vez un orco tan corpulento como un oso.

—No me acercaría a Druk, es un poco… inestable —aconsejó el viejo.

Siguieron caminando y un hombre vestido con una túnica parda asaltó a los recién llegados.

—¿Quieren ser salvados? —preguntó desquiciado el hombre—. Todo el mundo merece ser salvado si se sigue al Elegido, ¡háganme caso y síganme! ¡Su liberación está garantizada! — bramó el extraño.

—¿Quién nos liberará y cómo lo hará? —preguntó K'zak.

Kirill susurró un conjuro de mensaje al Viejo:— ¿Es peligroso?

El cuarentón no se inmutó, hizo un amago con el cuerpo para mostrar que debían alejarse de ahí y musitó algo, pero quedo ensordecido cuando el sectario empezó a gritar.

—¡El Elegido sabe cuándo y cómo pasará!, síganme y conseguirán su objetivo —dijo excitado el encapuchado.

—Pero, ¿quién lo ha elegido y por qué? —insistió K'zak mientras que el resto de su grupo se daba la vuelta e ignoraba al demente.

—El fue elegido por el destino porque debía serlo —explicó con más insistencia—, ven conmigo y lo entenderás —K'zak se dio la vuelta y se despidió con un gesto.

Cuando se alejaron un poco el Viejo empezó a hablar en voz baja.

— No debiste seguirle el juego, son muy insistentes, te recomiendo que los evites todo lo que puedas si no quieres problemas —aconsejó el Viejo.

K'zak respondió con un levantamiento de hombros.

Tras unos metros más el Viejo se paró antes de llegar al arco que separaba el pasillo de una sala. Las paredes eran metálicas y refugiaban varias personas sentadas en bancos brillantes. En una pared había un cristal negro y en otra había dos huecos en los que ponían: «Compra» y «Vende» respectivamente; a su lado había un libro en un atril cuya portada tenía escrito «Catálogo».

—¿Qué es esto? —preguntó Jeon entrando en la habitación.

—Esto es la sala de magia —remarcó el Viejo desde fuera—, aquí podéis, intercambiar vuestro dinero, el de fuera no funciona. Metedlo ahí — dijo apuntando a la pared con los dos huecos.

El diminuto constructo depositó una moneda de oro en el hueco cúbico que ponía «Vende», este se cerró junto con el parejo y tras un breve momento y un pitido se abrieron. El que tenía el rótulo «Compra» tenía una tablilla de piedra ovalada que tenía escrita en un lado un uno y en el otro «Jeon».

—¿Qué es? ¿Por qué tiene mi nombre? —preguntó el bardo.

—Esto es una tablilla —explicó el cuarentón amante del queso—, no la pierdas y no la intercambies pues es sólo tuya. Saben tu nombre y saben que estás aquí, otros corremos otra suerte y no tenemos ninguna tablilla.

—¿No hay ninguna manera de intercambiarnos el dinero? —pregunto Kirill bastante desconcertada—. Parece un poco estúpido.

—A ver, podéis tener una tablilla de grupo, por ejemplo los de la sec.. digo… los de la Fe del Elegido tienen una, deberíais elegir un nombre si queréis tener una contabilidad común. —aclaró el guía.

—¿Cómo nos podríamos llamar? Los Ascensores suena bien, suena sagrado —recomendó Kirill.

—Yo recomiendo «descensores», tiene sentido con lo que hemos estado haciendo —señaló Jeon.

—Uhm… yo tengo una idea. Si confiáis en mi podremos dejar de tener problemas financieros —dijo K'zak con la seguridad de un sectario suicida.

Sus compañeros asintieron con la cabeza y K'zak dio un paso al frente.

—Viejo, ¿sólo hay que decir que quieres una tablilla de grupo y decir su nombre, ¿no? — preguntó el kóbold con una pose segura.

—Sí, muchacho —respondió.

K'zak se relamió su boca deslabiada.

—Quiero una tablilla de grupo y nuestro nombre es: —introdujo el kóbold justo antes de coger aire— ¡Escaleras Mecánicas! Nueve, nueve, nueve, nueve, nueve…

El alquimista estuvo media hora repitiendo el número nueve, sus compañeros tenían un aire de seguridad que contrastaba con la cara de desconcierto del resto de la sala. Cuando el kóbold no pudo más se calló, se posó la yema de los dedos en la cara y sonrió.

—Seguramente os preguntaréis que he hecho —dijo con recochineo el escamado—, es sencillo: debido a que la máquina tiene que reflejar el nombre, pero carece de espacio para uno tan largo no le quedará otra que escribir por el otro lado, haciendo que nuestro grupo sea el más rico de aquí, pudiendo comprar todo lo que deseemos —afirmó con la mirada de alguien que acaba de conquistar el universo.

Un sonido estridente y un humo eléctrico empezaron a salir del hueco de la pared, K'zak metió la mano y alzó la tablilla. Sus compañeros la miraron atónitos. El alquimista bajó el brazo y miro su creación, era irregular, mucho más pesada que la de Jeon, con un relieve de números, signos y letras que se superponían caóticamente, era como el esputo de un elemental de tierra, K'zak le dio la vuelta y estaba reflejada su increíble fortuna: 0.

—Bueno, al menos el comienzo del nombre no está mal, aunque no se lea —dijo la semielfa intentando animar al enano escamado.

El grupo desilusionado se fue a revisar el catálogo, en él había un montón de nombres y precios, se podía conseguir desde una cerilla hasta un arma, aunque no se vendía nada mínimamente comestible, con la excepción de unas botas de cuero. Tanto como K'zak como Kirill pidieron sus tablillas personales y cuando salió la última una alarma sonó.

—Parece que es la hora de la comida, acompañadme al «banquete» —dijo El Viejo con cierta sorna.

Serpenteando por los corredores metálicos de alfombras hechas con trapos se les iban incorporando más personas. Éstas se dirigían al mismo sito, tenían caras largas y no parecía que fueran a disfrutar. Cuando llegaron vieron una sala con toda la pared llena de bancos de piedra individuales de distintos tamaños. En la pared, delante de cada banco, dos tubos salían de la pared, cada uno con un cuenco que sobresalía. La gente se iba incorporando lentamente en sus sitios, cuando se sentaban una pasta marrón salía pedorreando de uno de los tubos. Esta sustancia caía en los cuencos tallados en la piedra. Del otro tubo salía agua, que debido al acompañamiento musical del conducto vecino uno no podía dejar de pensar que el agua no era cristalina sino amarillenta.

K'zak fue rápidamente a un asiento y puso la boca directamente en el surtidor, tras un rato sus carrillos se llenaron, tragó y quitó.

—Sí —afirmó el kóbold—, es más asqueroso de esta manera y lo peor es que no sabe a nada —dijo para a continuación beber el agua del otro cuenco.

El viejo se paseó con un cuenco por la cantina, algunos comensales le daban una cuchara de potingue insípido. Se sentó en el suelo y sacó el trozo de queso, arrancó un pequeño trozo y lo desmenuzó. Cuando terminó lo espolvoreó encima de la pasta y sacó una cuchara. Metió el cubierto con delicadeza y lentamente se lo llevó a la boca, una lágrima recorrió su cara, era feliz.

Tanto Kirill como Jeon comieron poco, no sacaron sus raciones para no causar envidia. Aquella pasta nutritiva tenía como único aderezo las microgotas amargas que se liberaban del techo. El resto de la sala estaba callada, sólo podía escucharse a la comida salir de los tubos y a las gargantas tragar. K'zak no podía soportar el aburrimiento y decidió acabar con el silencio. Levantó la tablilla de su grupo.

—Somos las Escaleras Mecánicas y… —dijo el alquimista.

—¡Es un tubérculo! ¡Son los tubérculos! —carcajeó uno antes de que la sala se convirtiera en una estruendosa risa.

K'zak no sabía dónde meterse, la única piedra con la que se podía esconder era la fuente de la burla, así que decidió agachar la cabeza y aguantar la lluvia cómica. Cuando se callaron, Jeon miró al Viejo.

—¿Cómo es el resto del lugar? ¿Sigue siendo un laberinto metálico? —preguntó la figurita del idol.

—¿Dónde vivimos? Sí. El exterior… —dijo dramáticamente— cambia. Lo veréis cuando os llamen y vuestro nombre aparezca en la pantalla de la sala de magia. Por lo que más queráis haced lo que os dicen —respondió El Viejo.

—¿Algo más que debamos saber? —preguntó Kirill.

—Sí, no le toquéis las narices ni a Sargest5, el Campeón, ni a Dujin6. Y por supuesto no habléis con los acólitos del Elegido —terminó el Viejo.

Notas al pie de página:

1

Kirill [kˈiɹilː]

2

K'zak [ˈkθæk]

3

Jeon [tɕʌn]

4

Malêstar [mal'estar]

del infracomún

  1. máquina o instalación.
5

Sargest [sˈargest]

6

Dujin [dˈujin]

Autor: Alejandro Rufo Rubio(Director) Carlos Durán Domínguez(K'zak) Pablo García Duque(Jeon) Javier(Kirill)

Created: 2023-02-10 Fri 20:02

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